La abrazó con una inusual ternura. Inusual para él pero ella estaba acostumbrada. Muchos buscan un refugio, pensó. Le preguntó si había tomado whisky; sólo unas cervezas, le contestó. Ella sabía que no era así. Él sabía que ella sabía que no era así, pero mejor eso a la verdad. Siempre terminaba ahí cuando no soportaba más el silencio y la noche. Mil y una veces había contado la historia a quien quisiera oírla, como si el contarla pudiera hacer que terminara de una vez para él: sus hijos, el final de lo que empieza mal es peor que el principio, pero estaban los nenes que eran felices. Algo le gustó a ella, algo le permitió tener suficiente confianza: le contó de su hija, que había llegado de Paraguay hacía dos años y que su novio la había dejado. Y hablaron a su manera del cinismo de los hombres y de las mujeres. Él sabía que no iba a terminar, pero igual seguía. Y hablaban sobre sus relaciones, de mundos diferentes. Tenía las tetas perfectas, y se quedó pensando de cómo realmente había amamantado a su hija sin perder la firmeza de sus bustos: claro, era muy jovencita cuando fue mamá.
Quería besarla. Sólo le robo dos picos, pero en sus ojos algo le decía que había sucedido alguna transformación en su espíritu durante esos cuarenta minutos. Poder enamorarse de ella, de Noelia, fuese su verdadero nombre o no. Imposible.
–No te pierdas, le dijo ella mientras le abría la puerta y le daba un beso.
Abajo, las luces de los autos; ya era jueves, y presentía que el sol de ese verano estaría particularmente fuerte. Le quedaban algunas horas para intentar conciliar el sueño. Vio, al salir, su reflejo en un espejo: una mueca parecida a una sonrisa. Había dejado algunos fantasmas, al parecer, en el cuarto. Probablemente, por la noche ya lo habrían encontrado nuevamente, pero se sentía un poco más liviano.
grosoo ra!! seguí escribiendo!! me alegra!.
ResponderEliminarsoy tu fan!! jajaja
un abrazo, el sonido del mar